Cuentos espirituales

Selección de cuentos perteneciente al libro

Los cuentos del peregrino

Laureano J. Benítez 

Grande-Caballero

Ed. Liber Factory, 2014

Otras obras del autor en : 

http://www.laureanobenitez.com 

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Extracto del CAPÍTULO  4

 

El alquimista

Un joven, deseoso de buscar el verdadero conocimiento, abandonó todo y resolvió llevar una vida errante, para dedicarse enteramente a la búsqueda de la sabiduría.

Estaba en una cierta zona de Asia, cuando oyó hablar en una ciudad de un hombre sabio que vivía en una montaña lejana, y que tenía la capacidad de fabricar oro de las piedras. Al oír esa historia, decidió ponerse en camino, encontrar a ese sabio, y pedirle que le enseñase ese maravilloso poder.

Tras muchas jornadas de camino y penalidades, consiguió llegar al lugar donde vivía el alquimista, y le pidió que le enseñase el don de fabricar oro. El anciano le miró compasivo, le dio una escoba de barrer y le dijo: «Más tarde te enseñaré. Ahora, coge esta escoba y ponte a barrer».

Cuando hubo terminado, el joven volvió a su petición, pero el anciano le dio un delantal, y le conminó a que se metiera en la cocina y preparase algo para comer. «Mañana te enseñaré lo que quieres saber —le dijo—. Hoy se ha hecho muy tarde».

Al día siguiente, el alquimista encargó al muchacho multitud de tareas: cavar un campo de hortalizas que había cerca, arreglar el techo de la cabaña, ordeñar unas cabras... por la noche, el joven volvió a preguntar, pero obtuvo la misma respuesta: «Mañana».

Pero el día siguiente fue igual que el anterior: trabajos y más trabajos. Y fueron pasando los días, las semanas, los meses y los años, y el muchacho no cesaba de trabajar, de encargarse de toda clase de faenas. De vez en cuando, le recordaba al anciano su demanda, pero siempre  era igual la respuesta: «Mañana».

Así, llegó el momento en que el muchacho, ya maduro, se olvidó de preguntar: Ya no recordaba la intención que le había llevado a aquel lugar. Se limitaba a trabajar y a descansar.

Entonces, una mañana, el maestro le llamó y le dijo: «Muy bien, deja eso que estás haciendo y ven conmigo, porque voy a enseñarte ahora cómo fabricar el oro».

El muchacho, que estaba regando la huerta, respondió inmediatamente, sin volver la cabeza: «Mañana, maestro, ahora estoy muy ocupado. Estas plantas necesitan agua».

El Camino del medio

 

El monje Lucas, acompañado de un discípulo, atravesaba una aldea. Un viejo preguntó al asceta;

¾Santo hombre, ¿cómo me aproximo a Dios?

¾Diviértete. Alaba al Creador con tu alegría ¾fue la respuesta.

Los dos continuaron caminando. En este momento se acercó un joven:

¾¿Qué hago para aproximarme a Dios?

¾No te diviertas tanto ¾dijo Lucas

Cuando el joven se hubo alejado, comentó el discípulo:

¾Parece que no sabe usted muy bien si debemos divertirnos o no.

¾La búsqueda espiritual es un puente sin barandillas atravesando un abismo ¾respondió Lucas¾. Si alguien está muy cerca del lado derecho le digo “ve hacia la izquierda”. Si se acercan al lado izquierdo, digo “hacia la derecha”. Porque los extremos nos alejan del Camino.

Sabiduría inútil

Un siddha llegó a tener poderes ocultos, lo cual hizo que comenzara a henchirse de vanidad. Sin embargo, en el fondo era un hombre bueno y había practicado muchas austeridades.

Para corregirlo, el Señor apareció ante él vestido de sannyasin  y le dijo: «Señor, he oído que usted ha obtenido grandes poderes ocultos». El siddha lo recibió con gran respeto y le pidió que se sentara. En ese momento pasó por allí un elefante, y el sannyasin  le dijo al siddha: «Bien, señor, ¿puede usted, si quiere, matar a ese elefante?»

El siddha contestó: «Sí, puedo hacerlo», y tomando un puñado de tierra la tiró contra el elefante, pronunciando algunas palabras de encantamiento. De inmediato, el elefante cayó muerto. Entonces, el sannyasin  exclamó: «Oh, ¡qué maravilloso es su poder! ¡Con qué facilidad ha matado usted al elefante! El siddha se sonrió al oír estas alabanzas.

El sannyasin  volvió entonces a preguntar: «Bien, y... ¿ puede usted volver otra vez al elefante a la vida?»

«Sí, también puedo hacer eso», contestó el siddha, y tiró otro puñado de tierra sobre el elefante muerto, el cual volvió a la vida y se levantó enseguida.

Al ver esto, el sannyasin  observó: «¡Su poder es en verdad asombroso! Pero me gustaría hacerle una pregunta: usted mató al elefante y luego lo resucitó, pero... ¿qué beneficio le ha traído esto? ¿Para qué ha servido? ¿Le ha ayudado para alcanzar a Dios?» Diciendo esto, desapareció.

Ropa y comida  

Cuando a Mu-Chow, el maestro zen, le preguntaron:

—Nos vestimos y comemos todos los días. ¿Cómo podemos escapar de tener que ponernos la ropa y comer alimentos?

Mu-Chow contestó:

—Nos vestimos, comemos.

—No comprendo —dijo el monje.

—Si no comprendes, ponte la ropa y come ¾le contestó el maestro.

La disciplina

En un pequeño templo perdido en la montaña, cuatro monjes hacían ejercicios espirituales. Habían decidido hacerlo en silencio absoluto.

La primera noche, durante la vigilia, la vela se apagó, sumergiendo el lugar en una oscuridad profunda.

El monje más joven dijo a media voz:

—¡La vela acaba de apagarse!

El segundo respondió:

—¡No debes hablar, este es un ejercicio de silencio total!

El tercero añadió:

—¿Por qué habláis? ¡Debemos callarnos y estar silenciosos!

El cuarto, que era el responsable de la práctica, concluyó:

—Sois todos estúpidos y perversos. ¡Yo he sido el único que no he hablado! ¡Soy el único que me he comportado bien!

Aceptando el mundo

Uno de los jasidim* de Rabí Moshé era muy pobre. Se quejó al rabí de que su estrechez le impedía aprender y orar.

«En este día y en este tiempo», dijo Rabí Moshé, «la mayor devoción, mayor que el estudio y la oración, consiste en aceptar el mundo exactamente tal como es».

* jasidim: judío ortodoxo.

El valor del silencio

En el pueblo donde vivía el maestro Hakuin, una joven se quedó embarazada. Su padre la presionó para que revelara el nombre de su amante y al final, para escapar del castigo, la joven dijo que era Hakuin. El padre no dijo nada más, pero cuando nació el niño se los llevó a Hakuin, se lo arrojó y le dijo:

¾Parece que éste es tu hijo ¾agregando toda clase de insultos.

El maestro sólo dijo:

¾¡Oh!, ¿es así? ¾y tomó el bebé en sus brazos.

A partir de este momento, a donde quiera que iba, llevaba el bebé consigo, envuelto en la manga de su túnica. En noches de lluvia y tormenta iba a mendigar leche en las casas vecinas. Muchos de sus discípulos, considerándole un hombre acabado, se volvieron en contra suya y lo abandonaron. Hakuin no dijo ni una sola palabra.  

Mientras tanto, la madre sintió que no podía tolerar la agonía de estar separada de su hijo. Confesó entonces el nombre del verdadero padre y el padre de la joven corrió a ver a Hakuin y se postró ante él rogándole que le perdonara.

Hakuin solo dijo:

¾¡Ah!, ¿es así? ¾y le devolvió el niño.

Todo lo que la vida trae está bien, absolutamente bien. Esta es la cualidad del espejo: nada es bueno, nada es malo, todo es divino. Acepta la vida tal como es.

Creando felicidad

Un maestro oriental que vio cómo un alacrán se estaba ahogando. Decidió sacarlo del agua pero, cuando lo hizo, el alacrán le picó.

Por la reacción al dolor, el maestro lo soltó, y el animal cayó al agua y de nuevo comenzó a ahogarse. El maestro intentó sacarlo otra vez, y de nuevo el alacrán le picó.

Alguien que había observado todo se acercó al maestro y le dijo:

—Perdone, ¡pero usted es terco! ¿No entiende que cada vez que intente sacarlo del agua le picará?

El maestro respondió:

—La naturaleza del alacrán es picar, y eso no va a cambiar la mía, que es ayudar.

Y entonces, ayudándose de una hoja, el maestro sacó al animalito del agua y le salvó la vida.

Todo es Brahma

Un asceta llegó cierto día a la plaza de un pueblo. Se sentó a la sombra de un plátano, sacó de su humilde zurrón un pedazo de pan, y empezó a comerlo lentamente.

En esto, un perro famélico se le acercó. Estaba en los huesos, y miraba tristemente al asceta y su pedazo de pan. Sin decir nada, el monje comenzó a darle de comer, de manera que le daba un pedazo al perro, y luego cogía otro trozo para él.

Los que pasaban por allí, al ver la escena del asceta enjuto dando de comer a un perro famélico, se reían de la situación, haciendo burlas de la conducta excéntrica del penitente. Uno se acercó y le increpó por despilfarrar la comida con aquel animalucho:

Pero éste, sin dejar de dar de comer al perro, le dijo:

—Brahma da de comer a Brahma: por tanto, ¿de qué te sorprendes, oh Brahma?

Explicando lo inexplicable

Un maestro estaba comiendo melón y le ofreció a su discípulo.

—¿Qué? ¿Está bueno? ¿Cómo lo encuentras de sabor?

—¡Está exquisito, Maestro! —respondió el discípulo.

—¿Qué es lo que está exquisito, el melón o la lengua? —preguntó el Maestro.

El discípulo se estrujó el cerebro y extrajo de allí al fin la siguiente confusa respuesta:

—El sabor del melón, puramente hablando, no existe, sino que lo percibimos en tanto que sabor debido a la interdependencia entre la lengua y el melón, y no sólo de estos dos, sino que también...

—¡Imbécil, más que imbécil! —le dijo el Maestro montando en cólera—. ¿A qué viene complicarse el espíritu de esa manera? ¡El melón está exquisito! ¡Eso es todo!

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